El mundo está caliente!¿cómo lo enfriamos desde la agricultura?

Resulta dramática la velocidad con que se ha manifestado este fenómeno, su carácter global, los múltiples factores tecnológicos, económicos, ambientales y políticos que lo afectan, y sus catastróficos efectos para la vida en el planeta y las condiciones meteorológicas (aumento de la intensidad y frecuencia de tormentas, sequías, inundaciones, olas de calor o de frío, etc.), lo que ha hecho que constituya uno de los principales temas de discusión mundial.

El calentamiento global se produce por la acumulación en la atmósfera de los llamados gases de efecto invernadero (GEI), que impiden la disipación a niveles normales del calor que penetra con los rayos solares a la atmósfera. La agricultura se encuentra entre las principales actividades emisoras de GEI, debido a la quema de los residuos de cosecha y de la vegetación de sabanas y pastizales, a la ganadería, el uso excesivo de pesticidas, las prácticas inapropiadas de manejo de agua, los fertilizantes orgánicos e inorgánicos, entre otros factores.

En torno a este fenómeno del calentamiento global, gobiernos y organizaciones interesadas en el medio ambiente han promovido tratados y acuerdos internacionales encaminados a fomentar políticas y acciones concertadas para detener y, en lo posible, revertir este peligroso fenómeno. La mayoría de las acciones se dirigen a disminuir el nivel de emisiones de GEI y mantener o aumentar el nivel de captura de carbono. En este empeño, se pretende fomentar el empleo de tecnologías y prácticas que generen menos emisiones y trabajar en los cambios de actitud en los ciudadanos hacia estilos de vida más amigables con el medio ambiente. En la agricultura ya existen evidencias contundentes de cómo los sistemas forestales pueden contribuir positivamente a la captura de carbono y disminuir la emisiones de GEI; de igual manera, existen informes muy claros de monocultivos, como la caña de azúcar, como importantes secuestradores de carbono.

No se trata solo de bosques y monocultivo
Aun cuando los GEI y el calentamiento global son términos muy comentados en la arena internacional, resulta difícil encontrar modos de poder aterrizar estas discusiones en estrategias concretas que incentiven la base, es decir, las mejores prácticas que den un racional balance entre emisión de GEI y producción de alimentos en su más diversa concepción. En el caso específico de la agricultura, surge un interesante debate sobre las contribuciones ambientales, la capacidad de producir alimentos y los costos financieros y energéticos de las fincas orgánicas diversificadas y las convencionales.

En la década de los ochenta, Cuba era un gran cultivador de caña de azúcar y uno de los países de América Latina con mayor aplicación de agrotóxicos por hectárea, así como el país con mayor número de tractores por hectárea, lo que presuponía altas emisiones de GEI. A finales de los 80, con el colapso de la Unión Soviética , que hasta entonces había sido la principal fuente de agroquímicos, ma- quinarias y combustible fósil para la agricultura cubana, esta se vio forzada a cambiar drásticamente, pasando de la producción en forma industrial de un reducido numero de cultivos con aplicación de grandes cargas de agrotóxicos y alta mecanización, a una agricultura diversificada con una fuerte orientación orgánica y predominio de la tracción animal para las labores agropecuarias.

Sin lugar a dudas, la propia reorientación de la agricultura cubana hacia el empleo de prácticas orgánicas como alternativa nacional para aliviar el déficit de alimentos constituye hoy día un importante atractivo para conocer la capacidad de producir alimentos, y tener un balance energético de la producción y emisiones de GEI de las fincas cubanas después de 17 años de la transición agropecuaria.

El comienzo
En el año 2006, la Corporación Educativa para el Desarrollo Costarricense (CEDECO), sobre la base de un primer periodo de estudio comparativo entre cultivos producidos de forma orgánica y convencional en Costa Rica, tuvo la idea de desarrollar metodologías que permitieran tener una idea más clara de cómo y cuánto las fincas orgánicas diversificadas contribuían a la emisión de GEI, a la captura de carbono y al uso racional de la energía en la producción de alimentos. Sin lugar a dudas, esta propuesta constituyó una excepcional oportunidad para obtener una fotografía actual de las características de las fincas cubanas, así como el conocimiento de la relación entre las emisiones de GEI, la cantidad de alimentos que se produce y la eficiencia energética de las fincas cubanas.

A partir de discusiones preliminares entre el Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas y CEDECO sobre su experiencia en la evaluación de indicadores como captura de carbono, emisiones de GEI y balance energético de sistemas productivos agropecuarios, se establecieron los primeros indicadores y las posibles maneras para estimarlos. Posteriormente se identificaron expertos de instituciones cubanas reconocidos nacional e internacionalmente para conocer la información disponible sobre la temática. De igual modo se involucró a miembros (investigadores, profesores y agricultores) del Programa de Innovación Agropecuaria Local (antiguo Fitomejoramiento Participativo), quienes habían tejido una red de investigación participativa en Cuba; esta red podía brindar, a mediano plazo, la posibilidad de transformación de los sistemas productivos y generar una discusión nacional sobre la temática.

Para la construcción de los indicadores que se evaluaron en el trabajo de investigación se necesitó la confluencia de diferentes disciplinas y, precisamente, uno de los puntos clave de esta iniciativa era el reunir la experiencia de especialistas diversos en un ambiente favorable de trabajo en equipo. Paulatinamente, a través de entrevistas personales, continuas visitas de campo y talleres para aprender de cada disciplina, se fue conformando en el equipo una visión concertada de la problemática del calentamiento global y la agricultura, así como la visión de cambio de los sistemas productivos y de políticas ambientales que pudieran ser factibles en los próximos cinco años. Además de los investigadores, se integraron al equipo agricultores, ONGs y algunos responsables de políticas municipales para, finalmente, definir qué, cuándo, dónde y cómo medir un grupo de indicadores que caracterizaran las fincas.

En total se escogieron para su evaluación 103 fincas, distribuidas en nueve provincias de las 14 en las que se encontraban todas las formas de producción existentes en Cuba. Se visitó a los agricultores y se aplicó una encuesta elaborada por el equipo multidisciplinario para conocer las prácticas agropecuarias más importantes que se realizaban en términos de aplicación de insumos, manejo del agua, materia orgánica, diversidad, entre otros aspectos. Esta información complementó las evaluaciones para estimar la cantidad de GEI que emitían según la metodología del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), la energía contenida en los alimentos producidos y el balance energético de cada finca evaluada según la metodología de un colega cubano, Fernando Funes Monzote. Cuando ya se tenía toda la información primaria de las fincas, se construyó una tipología de referencia en la que se clasificaron las fincas como ?orgánicas?, ?en transición? y ?no orgánicas?. Para este estudio se consideraron fincas orgánicas aquellas que no quemaban residuos, no aplicaban pesticidas ni fertilizantes sintéticos y no empleaban piensos convencionales para alimentar a sus animales. Las consideradas en transición fueron aquellas que no quemaban residuos de las cosechas, ni aplicaban pesticidas para el control de las malezas o plagas y enfermedades, aplicaban menos de 50 kg/hectárea/año de fertilizantes sintéticos y alimentaban a sus animales con piensos convencionales. Las no orgánicas fueron aquellas que quemaban residuos, aplicaban más de 50 kg/ hectárea/año de fertilizantes y pesticidas, y empleaban piensos convencionales para la alimentación animal.



En general se pudo comprobar la aplicación limitada de agrotóxicos aun en las fincas clasificadas como no orgánicas. De igual modo se destaca que la mayor fuente de contaminación de GEI fue la aplicación de fertilizantes nitrogenados sintéticos (por su aporte negativo de óxido nitroso), seguida por el manejo de residuos orgánicos que emitían esencialmente metano, uno de los GEI. El arroz, sembrado en condiciones de aniego, también destacó por sus tasas de contaminación de metano.

Atendiendo a la clasificación considerada, la fincas orgánicas representaron el 6% de la muestra, las en transición el 22% y las no orgánicas el 71%. Se pudo claramente constatar (tabla 1) cómo las fincas no orgánicas emitían seis veces más GEI que las orgánicas, principalmente el gas óxido nitroso; sin embargo, la producción de alimentos era relativamente poca y de bajo uso de energía; estas fincas estaban fundamentalmente dedicadas a la actividad forestal estatal. Las fincas en transición emitieron casi tres veces menos GEI y mostraron valores similares de producción de alimentos y gastos energéticos para producirlos.

Entonces, ¿cómo enfriar? el planeta con prácticas agrícolas más apropiadas?


El tema de la estimación de las emisiones de GEI en fincas diversificadas resulta novedoso para los diferentes actores de la cadena de producción. Generalmente, los ciudadanos cubanos asocian la contaminación de GEI con prácticas que no dependen directamente de su actitud. El hecho de que se conozcan las contribuciones de las prácticas agrícolas al calentamiento global dará mucho más información a toda la cadena de producción y contribuirá a crear cierta conciencia que puede moderar hasta las conductas de los consumidores.

El hecho de que la agricultura orgánica sea mucho menos emisora de GEI que otras maneras convencionales de agricultura le podría dar un valor adicional a la certificación y la pondría en una posición privilegiada por su valor agregado ambiental. Sin embargo, se constató que las fincas consideradas orgánicas en este estudio específico producen menos alimentos. Esto podría ser un impedimento para promocionar una estrategia de incentivos para el caso específico de Cuba, que importa más de 1.200 millones de USD anuales en alimentos y por tanto la política gubernamental se dirige a aumentar la producción de alimentos nacionalmente.

Por otro lado, si analizamos las fincas en transición, las cuales producen las mayores cantidades de alimentos, estas se incluyen en este grupo fundamentalmente por la aplicación de piensos convencionales y la aplicación de pocas cantidades anuales de fertilizantes nitrogenados, lo que es muy factible de ser transformado, llevando a pensar en estrategias que incentiven la producción de piensos en las fincas con componentes locales y el uso de biofertilizantes como alternativas que pueden ser implementadas con cierta facilidad en Cuba.

Es meritorio destacar el caso referido al arroz. Las veintiún fincas analizadas que producían este cereal emitían cerca de una tonelada de GEI por hectárea al año, fundamentalmente por formación del gas metano que se produce al inundar los terrenos arroceros. El inundado permanente de los terrenos de arroz es una práctica efectuada en principio para controlar las malezas y ha sido masivamente generalizada, tanto en los sistemas formales como informales de producción, lo que ha provocado una significativa erosión de las variedades tradicionales con adaptación a las condiciones de secano y un manejo a veces irracional del recurso agua. Lo interesante del asunto es que algunos decisores de políticas, agricultores, técnicos y consumidores asocian el arroz con la inundación como única alternativa de producción. El desafío está en cómo rescatar y mejorar variedades y tecnologías e incluso certificar e incentivar financieramente producciones de arroz que reduzcan los tiempos de inundación del cultivo. Aunque son pocas las experiencias de arroz en secano, aún existe este conocimiento en algunos agricultores, lo cual podría ser una pista para la transformación.

Verdaderamente el tema de cambio climático y agricultura plantea una nueva dimensión en las maneras de producir, comercializar y consumir alimentos, sobre todo la idea de combinar la producción de alimentos, la emisión de GEI y el balance energético de las fincas en sus prácticas cotidianas. A la luz de las primeras evidencias generadas en el presente estudio se impone la necesidad de divulgar masivamente la relación de la agricultura con el discutido fenómeno del calentamiento global y, sobre todo, que los ciudadanos sean concientes de la manera en que la agricultura puede contribuir a mitigarlo.

Un reto crucial es la introducción de políticas que brinden incentivos a las prácticas menos contaminantes y estimulen la transición hacia formas de producción más amigables con el ambiente, que no están necesariamente condicionadas a la disminución de los rendimientos y la calidad de las cosechas. Deberían tenerse en cuenta sistemas de certificación que promuevan el empleo de prácticas agropecuarias menos contaminantes.

Los datos provenientes de la evaluación de las fincas cubanas han permitido tener una idea más aterrizada de lo que está pasando en los sistemas diversificados de producción de alimento en la isla y han brindado algunas pistas para poder concretar estrategias que mitiguen la emisión de GEI y la captura de carbono. No obstante, es obvio que debe continuarse con la obtención y procesamiento de información para dar mucho más solidez al estudio. De igual modo, los resultados analizados en el estudio confirman la necesidad de involucrar aún más a los actores cubanos e internacionales relacionados con la agricultura en la generación de evidencias prácticas de cómo se puede producir comida, mitigar las emisiones de GEI y fomentar sonrisas en los rostros de los actores de la hermosa responsabilidad de alimentar y consumir alimentos: en otras palabras, cómo los ciudadanos podríamos contribuir, por lo menos, con una pequeña gota de agua fría para aliviar el calentamiento del mundo.

Humberto Ríos Labrada, Sandra Miranda Lorigados y Dania Vargas Blandino

Humberto Ríos Labrada
Sandra Miranda Lorigados
Dania Vargas Blandino
Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas. San José de las Lajas. La Habana. Cuba CP 32700.
Correo electrónico: burumbun@yahoo.com 

Los autores agradecen el apoyo metodológico de CEDECO y la contribución financiera de la fundación HIVOS y la Cooperación Suiza para el Desarrollo para realizar este estudio en Cuba. De igual modo, queremos expresar nuestra infinita gratitud a los profesionales, funcionarios, dirigentes, técnicos y agricultores que participaron en el estudio.

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